Melchor Ocampo 38

Por - 27/04/2017

1.

Cuenta Susanne Dussel Peters en su libro sobre Max Cetto[1] que cuando éste llegó a México consiguió dos trabajos. Uno por las mañanas supervisando la construcción del Hospital Infantil en el Centro Médico con José de Villagrán García y otro desarrollando proyectos para Luis Barragán. Este último lo hacía por las tardes en su casa y en el proceso Barragán iba haciendo comentarios. Uno de estos proyectos, en el que sí se le dio crédito como colaborador, fue el edificio de departamentos para artistas en la Glorieta Melchor Ocampo 38, en la Ciudad de México (1939).

El edificio se desarrolló en un terreno de figura irregular. La planta baja se pensó como estacionamiento y servicios y, sobre ella, se desarrollaron cuatro departamentos de dos pisos con una estancia en doble altura y un tapanco que cubría el comedor y sostenía la recámara. Estaban conectados por dos verticales, una escalera en espiral y una chimenea. La cocina y el baño se dividían también abajo y arriba respectivamente. Para acoplarse a la compleja planta se diseñaron dos tipos de apartamentos alrededor del núcleo de escaleras adosado a la fachada y dejando un patio de iluminación en la parte trasera del terreno. De cada tipo había dos, uno encima de otro, y los cuatro espacios en doble altura se abrían a la glorieta con un gran ventanal que dejaba entrar toda la luz del norte. Al ser viviendas para artistas, esta condición permitía que este espacio fuera destinado para el desarrollo de la obra. En la azotea se ubicaba un roof garden y cuatro cuartos de servicio.

El edifico se diseñó funcionalista, lo que se evidenciaba en sus materiales y su racionalidad, pero también en la manera en que su fachada reflejaba el dinámico interior.  Los cuatro grandes ventanales en ambos extremos dejaban ver las dobles alturas y los tapancos al fondo. Las ventanas pequeñas del lado derecho correspondían a los servicios de dos de los departamentos, mientras que las del lado izquierdo, desfasadas en altura, se ubicaron en los descansos de las escaleras comunes. Este juego con el tamaño y la ubicación de los vanos era una muestra de los movimiento internos. Por último, la única abertura hacia la calle en la azotea se ubicó del lado izquierdo en el espacio del roof garden. A pesar de la presencia de tantos vanos, el edificio se diseñó y se percibe como un bloque. Melchor Ocampo 38 no sólo era parte de la ola funcionalista que estaba invadiendo la ciudad, sino que mostraba todas las ideas modernas con las que había llegado el alemán y las ideas europeas que el mexicano conocía.

Con el paso de los años y los cambios urbanos, el edificio fue decayendo. A pesar de haber tenido como habitantes a personas como Clara Porset, también fue habitado por quienes no lo cuidaron demasiado y por quienes lo intervinieron desde en los acabados hasta en cambios mayores.

2.

Así fue como lo encontraron Luis Beltrán y Andrew Sosa del despacho vrtical, quienes por azares del destino comenzaron a desarrollar unos proyectos para la empresa que había comprado el edificio (Portafolio de Inversiones Toushka Capital, dedicada a la recuperación de inmuebles).  La empresa ya había trabajado con un constructor en el desarrollo de un proyecto aprobado por el INBA. Este proyecto era muy acotado, era sólo un plano arquitectónico y, cuando el cliente les pidió que le echaran un ojo, decidieron convencerlo para que se desarrollara a detalle y que los contratara para ello.

Como primer paso, Beltrán y Sosa decidieron hacer un proceso de investigación con la meta de descubrir el diseño original y encontrar una manera de hacerlo surgir. Para esto se acercaron a la Fundación Barragán en Suiza y revisaron los planos originales, varias entrevistas y también bibliografía. Descubrieron que en los planos era posible identificar la configuración espacial, sin embargo no contenían demasiados detalles como los despieces o las carpinterías (solucionados probablemente durante el proceso de la construcción). La decisión de vrtical a partir de sus descubrimientos de archivo fue recuperar la estructura y la configuración, además de desarrollar la mayor cantidad de detalles posible. Decidieron, también, enfocarse en enfatizar la sucesión de espacios que identificaron en el proyecto. Para esto, el cambio más significativo fue la ampliación de la apertura que conecta el vestíbulo de cada departamento con el comedor para que la doble altura no se perciba de golpe. En este vano se colocó una puerta grande de pivote con pasador que permite que ésta quede abierta para vestibular.

Los pisos de madera fueron rescatados y sólo se insertaron nuevas duelas de pino en los puntos en los que la original había desaparecido. Los pisos duros de los interiores se rehicieron porque no se encontraron los originales y en las escaleras se volvió a hacer el terrazo, ambos en tonos claros como un guiño a la modernidad. Debido a que el espacio es irregular no fue posible ordenar los despieces, así que los arquitectos decidieron evidenciar los ajustes colocando una unión de solera de latón, como una evidencia de nuevo. En las escaleras también se decidió colocar un rodapié de terrazo a la primera altura del descanso para contener la llegada y enfatizar la secuencia de espacios.

Beltrán y Sosa descubrieron que originalmente el edificio estaba pintado de un color carne muy claro. Sin embargo, decidieron seguir otro camino y pintar el exterior con un gris tenue y el interior con blanco para enfatizar los recortes de los vanos en la fachada y su dinamismo.

A pesar de que Barragán llegó a hablar con indiferencia sobre su trabajo desarrollado alrededor de la especulación con bienes raíces[2], en vrtical no dejaron de buscar gestos de los autores originales para intentar construir un diálogo. Los canceles, las dobles alturas y las escaleras helicoidales los relacionaron con la obra de Cetto, muy moderna y racional. Mientras que a Barragán lo encontraron en el predominio del sólido sobre el macizo y en las secuencias espaciales. En el trabajo con los muros los identificaron a ambos.

Aunque los acompañó el interés por rescatar la esencia del edifico para conectarse con sus dos autores y el momento original de la construcción, también los acompañó un interés por dejar ligeras evidencias y complementos de lo nuevo y por hacer los espacios lo más eficientes posible. Además de los gestos propios que dejaron en los pisos, en los rodapiés o en las puertas, las cocinas (prácticamente perdidas) en lugar de rehacerse en ele se hicieron lineales para no desperdiciar la esquina y para recuperar la mayor cantidad de iluminación posible. También los baños se diseñaron desde cero. Todo tenía que ser funcional ya que tenían que responder a un cliente. El trabajo fue, por lo tanto, una mezcla entre rescatar el edificio, hacer guiños a los autores y al pasado, dejar evidencias y cumplir con los diversos requerimientos de la empresa a la que le interesa que estos espacios puedan rentarse vía airbnb. Una nueva forma de especulación.

A lo largo de todo el proceso, Beltrán y Sosa se sentían seguros del trabajo que estaban haciendo, sobre todo después de los comentarios positivos hechos por el INBA cuando concluían sus visitas. Fue al momento de comenzar a difundir el resultado cuando les llegó un poco de nerviosismo ya que son conscientes de la importancia de la obra y de las probables críticas que recibirán.  El tema con el que no quedaron tranquilos se relaciona con el espectacular que está montado sobre la azotea. Existía un proyecto para recuperar y ocupar ese espacio que no fue posible llevar a cabo. No fue factible retirar la estructura por la vía legal debido a intereses particulares ajenos a los dueños. Un ejemplo más de la corrupción en la CDMX.

Llevar a cabo este proyecto no implicó una ganancia económica para vrtical, sin embargo fue enriquecedor en otros sentidos. Construir un diálogo con estos dos maestros fue uno de ellos. Otro fue que identificaron y aprendieron del rigor racional; a pesar de ser un proyecto hasta laberíntico a primera instancia, al analizarlo y trabajarlo en planta fueron evidentes estrategias como la coincidencia de trazos, al igual que la alineación de los servicios. Por último, corroboraron su propia pasión por los detalles, una que ya había empezado a surgir al remodelar uno de los departamentos del CUPA de Mario Pani para usar como su oficina, en donde hicieron un ejercicio exhaustivo por recuperar el despiece de cimbra original y relacionar todo lo nuevo con él.

 

3.

Visité el edificio recién remodelado. La llegada es incómoda por las circunstancias urbanas que lo rodean, pero al entrar esto queda atrás. Inmediatamente se percibe un espacio privado y aislado que te ofrece un momento de desconexión. Mientras recorres las escaleras comunes, las pequeñas ventanas que las acompañan te recuerdan el exterior. Este recorrido se percibe acogido y ordenado. El área de espera desde donde se abren las puertas de los departamentos es pequeña y, al entrar, se llega a una exclusa por la que llegas a la cocina detrás de la puerta de la derecha o al comedor detrás de la otra. La cocina es angosta pero está muy iluminada y parece funcional. El espacio comienza a abrirse al cruzar el otro umbral y cuando esto sucede, la experiencia de la estancia con doble altura delimitada por el gran ventanal al norte es espectacular; pareciera como si los árboles de la glorieta fueran parte del espacio interior (imagino que antes de los puentes vehiculares la experiencia era aún más rica). La combinación del ventanal, la vegetación, la iluminación, el blanco de las paredes y el piso de madera proyectan un espacio suave y agradable para vivir. Los dos departamentos en los que los espacios principales se abren también al patio posterior, se caracterizan por una luminosidad más intensa y cálida. Al subir la escalera de caracol libre de barandales y al llegar al tapanco la amplitud y expansión del espacio se sigue percibiendo, solamente es en los servicios en donde éste se aprieta. El cambio entre escalas de espacios e intensidades lumínicas hace de los recorridos por el edificio una experiencia muy especial. Ante estas delicias es verdaderamente una pena que la azotea no haya podido ser arreglada para fungir como el cierre del recorrido, un punto en el que el espacio se expande hacia arriba y en el que la ciudad se enmarca con una apertura en el muro como Le Corbusier llegó a hacerlo.

No me considero experta en la obra de Barragán o de Cetto, menos aún en temas de restauración o recuperación, por lo que no me atrevo a hacer un veredicto formal sobre el trabajo que hicieron Beltrán y Sosa en Melchor Ocampo 38. Me parece, sin embargo, que cuando se visita un edificio que impacta y que deja clara su esencia, la intervención puede considerarse exitosa. Es evidente el interés por enaltecer este patrimonio arquitectónico, es indiscutible el cuidado que pusieron en el detalle. Tal vez habrá quien al visitarlo no apruebe algunas de las decisiones tomadas, pero yo aplaudo el rescate y el tratamiento que vrtical logró.

 

Nota: Muchas gracias a Luis por la entrevista, la visita y las fotos de ©Rafael Gamo.

[1] Dussel Peters, Susanne. Max Cetto (1903-1980), arquitecto mexicano alemán. México: Universidad Autónoma Metropolitana, 1995.

[2] Como en la entrevista que le hizo Alejandro Ramírez Ugarte en 1962.

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