Bonito es una palabra tan fea

Por - 04/05/2017

Irónicamente, en un momento de mi vida pensaba que bonito era una palabra fea, muy fea, y en mi formación como ingeniera, una palabra inimaginable de usar como referencia. Recuerdo que uno de mis primeros encuentros con la disciplina del diseño industrial como tal fue en el bachillerato, cuando como parte de nuestra evaluación final, nos pidieron que desarrolláramos una tesina de un tema de nuestro interés. En ese momento ya había decidido estudiar diseño, por lo que me pareció acertado aprovechar tal trabajo tanto para ampliar mis conocimientos de diseño, como para saber si verdaderamente era eso lo que yo quería hacer el resto de mi vida. Comencé pues mi investigación, me topé con una serie de nombres, movimientos e ideologías, sin embargo, lo que más me marcó en ese momento fue el funcionalismo, La Deutscher Werkbund, La Bauhaus, La HfG de Ulm, la célebre frase “la forma sigue a la función”, etc. Al final, terminé convencida de la importancia de tener un conocimiento técnico para así poder concentrarme en la funcionalidad de los objetos. En mi cabeza la forma pasó a un segundo plano y todo esto funcionaba de maravilla en la teoría. Sin embargo, me di cuenta en la universidad de que quizás estaba descuidando una dimensión mucho más compleja de lo que yo había pensado.

Haciendo un fast-forward, comencé mi carrera profesional en Joel Escalona Studio, donde desarrollamos productos de diversas tipologías, tamaños y mercados. No tardé mucho en confirmar que si bien es cierto que el pensamiento lógico, el conocimiento de procesos y capacidades mecánicas de los materiales son importantes, también lo es esa otra dimensión que requiere de una profunda sensibilidad y que no se puede ni deducir de ninguna ecuación ni sacar de ninguna fórmula.

Entonces llegó la oportunidad de ir a Milán, al Salone Internazionale del Mobile, el evento más importante del diseño en el mundo, una especie de leyenda del mundo creativo que solamente había podido ver en blogs y revistas. Finalmente estaba allí y tenía la oportunidad de ver y tocar toda clase de objetos y exposiciones tan vibrantes que verdaderamente es difícil poner en palabras. Hubieron dos en particular que me parecieron tan brillantes que cuando salí del lugar parecía que estaba sufriendo de una sobredosis de cafeína. Me refiero a las exhibiciones de Nendo y Forma Fantasma. En ambas existía un impresionante dominio técnico de materiales, comportamiento, propiedades y características de los mismos. Sin embargo, la propuesta iba más allá del objeto, y el conocimiento técnico era la vía y no el fin, como yo pensaba, para conseguir un objetivo: la materialización de una sensación. Este punto justamente es lo que comencé a identificar como eso que denominaban bello. Una experiencia que desconcierta, cuestiona, motiva, incomoda y maravilla, todo a la vez. Y digo  que incomoda porque una manifestación de tal sensibilidad hace que te replantees hasta tu manera de percibir el mundo. Hablo de la sensibilidad que te permite apreciar el entorno de una manera muy diferente a los demás, como si te pudieras colocar unos lentes que te permitieran ver, porque te das cuenta de que antes no lo hacías.

Es en este punto que puedo afirmar con seguridad lo errónea que era mi interpretación de la belleza, pues ésta tiene un alcance más profundo y complejo. Me refiero a la belleza que se encuentra en la atención al detalle, en la posibilidad de volver tangible lo intangible (una sensación, como lo consiguió Nendo) o en un producto ejecutado con alta calidad.

Francamente, después de todo este tiempo, bonito sigue sin ser uno de mis adjetivos favoritos, pero ahora entiendo el trasfondo que esa palabra puede llegar a tener. A final de cuentas diseñamos para seres humanos y la necesidad de perseguir la belleza tiene que ver con que somos inherentemente sensibles a ella, como Stefan Sagmeister explicó en una de las conferencias a las que tuve la oportunidad de asistir. La belleza, más que estar relacionada con un adjetivo, está relacionada con esta necesidad estética que da pie a la creación de un vínculo, que raya en lo emocional, con los objetos que elegimos utilizar.

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