Sobre Max Cetto: sus ideas, su casa estudio y el taller que lleva su nombre

Por - 05/04/2016

Estudié arquitectura en el Taller Max Cetto de la UNAM, mismo en el que ahora soy docente. Cuando era estudiante me tardé en entender las razones por las que el taller se llamaba así, pero sobre todo me costaba trabajo identificar la manera en la que las ideas atrás del nombre eran aplicadas o enseñadas. En muy pocas ocasiones me quedó clara la línea que la comunidad decía seguir, pero cuando sucedía me alegraba ser parte de ella porque el discurso me parecía pertinente, interesante y sensible. Ahora que soy docente, me sucede algo similar (además los años me han enseñado que el discurso que no se aplica parece una contradicción), me cuesta trabajo identificar esa línea que se supone compartimos. ¿Qué es lo que hace al taller el famoso Taller Max Cetto? ¿Cómo estamos aplicando y proyectando las ideas con las que fue formado? Estos cuestionamientos no llegan solos, vienen con preguntas sobre vigencia, tiempo, práctica, sentido; sobre vida. Siempre que camino por las aulas me acompañan estas reflexiones, por una parte porque me interesa la comunidad de la que soy parte y, por otra, porque me parece necesario meditar sobre las ideas detrás de nuestro sello, aunque ahora difusas, para saber si y cómo hay que seguir comunicándolas y aplicándolas. 

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Hace unos días tuve la oportunidad, junto con algunos colegas docentes y un grupo de alumnos, de visitar la Casa Estudio Max Cetto. Como guías nos acompañaron un nieto de Cetto (Julián Arroyo) y Tite (José María Bilbao), que en sus años de estudiante tuvo como profesores a quienes decidieron nombrar el taller así. Me entusiasmó poder hacer esa visita por la oportunidad de ver la casa con mi mirada actual (la había visto una vez como estudiante y otra como asistente a una gran fiesta de cumpleaños), pero también por la oportunidad de redescubrir las ideas con las que fui formada y de enfrentar, de alguna manera, las preguntas en mi cabeza. 

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La casa

Max Cetto se formó en Alemania como ingeniero-arquitecto durante la modernidad de la primera mitad del siglo XX. Influenciado por mentes como la de Hans Poelzig, Ernt May y Walter Gropius, tuvo que dejar su país por la situación política. Después de parar por un tiempo en Estados Unidos donde trabajó con Richard Neutra, llegó a México, el lugar en el que permaneció y desarrolló gran parte de su carrera. Aquí encontró, poco a poco, una manera personal de enfrentar la arquitectura en la que pudo mezclar las ideas y tecnologías europeas modernas con las que fue educado, y la producción artesanal local que le fascinó desde su llegada. Fue así como desarrolló una arquitectura funcionalista en diálogo con realidades locales, una mezcla entre soluciones tecnológicas genéricas y soluciones específicas.

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Max Cetto desarrolló su casa a finales de la década de 1940. Fue la primera que se construyó en los terrenos que Luis Barragán adquirió para el fraccionamiento Jardines del Pedregal, ese que se hizo cuando se creía en la modernidad del suburbio y la ciudad para el coche. La casa se situó en un terreno rectangular, con orientación norte-sur en el sentido corto, que se encontraba en uno de los accesos al fraccionamiento (Agua #130) y se convirtió en la primera muestra de las posibilidades de vida sobre territorios con vestigios volcánicos.

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El frente que da a la calle es uno de los lados cortos del terreno y está cerrado por una barda de piedra braza con un portón de madera hacia la colindancia sur. Al entrar, a uno lo recibe una losa de concreto armado con despiece de duela y baja altura que, como una especie de túnel, enmarca una pequeña fracción de lo que se va a encontrar después. Al pasar la losa, el espacio se abre y se presenta un sinuoso jardín formado por grandes rocas y vegetación generosa. Como remate de ese jardín se encuentra la casa elevada sobre altas piedras volcánicas y se alcanza a ver que detrás de ella el paisaje endémico continúa. A la construcción, que se encuentra en la parte más alta del terreno, se llega por escalinatas labradas en la misma piedra del lugar. De esta forma la casa se relacionaba al frente con un espacio natural que la conecta y la separaba simultáneamente de la ciudad,  y en la parte trasera con un jardín más íntimo, mientras que desde su posición en altura permite mirar lo que hay alrededor.

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La casa que, salvo por algunas modificaciones puntuales se ha mantenido en su estado original, está distribuida en dos niveles. La planta baja (construida en una primera etapa) está dividida en un par de crujías alargadas que forman una “L”. La que se ubica en la colindancia norte, contiene los espacios servidores, mientras que la otra que atraviesa el terreno en su lado corto las recámaras y la estancia-comedor. El nivel superior (construido en una segunda etapa), desplantado sobre esta última crujía, se compone por un baño, una recámara y un estudio. La estancia-comedor y el estudio se expanden al exterior con terrazas cubiertas con losas que al mismo tiempo producen sombras en los espacios acristalados. Con esta distribución Cetto logró ciertas cualidades espaciales interiores. Por ejemplo, la orientación este-oeste de los espacios servidos permite una iluminación constante, al igual que una ventilación cruzada y una relación permanente con el exterior en todos los frentes de la casa. La relación con el exterior provoca que el jardín sea un componente más de la arquitectura, el predominante. La orientación permitía ver los volcanes desde algunos puntos de la casa, situación que por las circunstancias actuales no siempre es posible.

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La casa está construida con acero, concreto armado y vidrio. Esta combinación resulta en espacios amplios, iluminados, ventilados y en constante conexión con el exterior. Además, el elementarismo de sus componentes permite que la casa no sea tan pesada y no compita con el paisaje, al contrario, de cierta manera lo enmarca. La construcción la combinó con muros, contenciones y pisos de piedra volcánica aprovechando el recurso existente y conectando lo nuevo con lo existente. Otro material local que aparece en la casa es el tezontle; en la intervención plástica en el techo del estudio y originalmente en el camino de entrada.

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La Casa Estudio Max Cetto me parece interesante porque es un ejemplo de arquitectura en la que se aprovechó el avance tecnológico importado con ideas alemanas, pero aplicado con la mano de obra artesanal y local. Es un resultado de una mezcla cultural en diálogo, una postura crítica. Como si el funcionalismo, el regionalismo crítico y el sitio específico se hubieran fusionado en un mismo elemento y de manera ecuánime.

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Los recuerdos

La Casa Estudio Max Cetto ya no se utiliza como casa, desde hace tiempo ha funcionado como oficinas. Sin embargo, las narraciones durante la visita nos hicieron ver que fue una casa que fue efectiva, a diferencia de muchas de las llamadas casas manifiesto.

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Julián nos habló de algunos rituales de la vida cotidiana como las formas de usar las diversas mesas de la casa, de las grandes fiestas y de sus recuerdos moviéndose por ahí cuando niño. También del trabajo que su abuela dedicó al jardín convirtiéndolo en lo que es hoy. Nos habló sobre lo barata que fue la casa y cómo se eligieron materiales que requerían de poco mantenimiento porque era su abuela quien se encargaba de limpiarla. También nos platicó sobre cómo su abuelo trabajaba en casa, pero se iba a visitas de obra que en ese entonces estaban muy cerca.  Sólo trabajaba días laborales porque durante los fines de semana jugaba dominó y ajedrez en la mesa del jardín con Juan O´Gorman o iba a jugar tenis. Fue en esa casa-estudio en donde Cetto reflexionaba sobre el papel del arquitecto durante todo el proceso de la producción arquitectónica (desde la concepción hasta la ejecución), sobre la importancia de tomar las decisiones en sitio y trazar las obras junto con los trabajadores en el lugar.

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Tite también conversó sobre cómo Cetto diseñaba a través de sus sentidos, sobre todo del tacto. No tomaba decisiones sin recorrer el lugar, sin sentirlo. De esta manera se conectaba con lo natural, respondiendo, por ejemplo, con las terrazas de su casa como sitios de restauración y observación del paisaje. Nos habló también de la importancia que le daba a los sitios de transición en la arquitectura y cómo su casa estaba llena de ellos. Y nos explicó que el Taller Max Cetto comenzó a tomar en cuenta todas estas consideraciones por él y que era algo que en la Facultad de Arquitectura no existía. Como tocar el suelo para que el sitio se meta en los proyectos.

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El taller

La visita y los comentarios de nuestros guía me hicieron recordar que sí hay muchas ideas de Cetto con las que sigo coincidiendo y verlas aplicada en una obra que después de décadas sigue siendo útil me hace pensar que, tal vez, son ideas contundentes que siguen vigentes a pesar del paso del tiempo. Aunque algunas probablemente tengan que actualizarse de alguna manera, me interesa seguirlas reflexionando, comunicando y aplicando. Sin embargo me sigo preguntando si es con estas ideas que el Taller Max Cetto se sigue moviendo (no sólo en discurso, sino en acciones), ¿es realmente ese nombre el que hoy en día nos identifica?

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